La otra mañana, me desperté y prepraré una taza de té Mindful Lotus ($6 por 20 bolsas). En el metro, cargué la aplicación Headspace en mi iPhone seguida de un ejercicio de atención plena ($13 al mes por contenido premium). Más tarde, fui a Mndfl, un estudio de meditación en Greenwich Village ($20 por una clase de 45 minutos).

En estos días parece como si todo el mundo estuviera vendiendo el mindfulness o atención plena, una forma popular de meditación. Los Golden State Warriors, los Seattle Seahawks y los Red Socks de Boston están practicando la atención plena en el vestuario. Después de que Google comenzó a enseñar esta práctica a sus empleados, empresas como McKinsey y BlackRock empezaron a hacer lo mismo.

Las ofertas para el consumidor son prolíficas. Hay más de dos docenas de aplicaciones de atención plena para smartphones, algunas ofreciendo suscripciones vitalicias por $400. Great Courses tiene dos paquetes de atención plena, cada uno con un par de docenas de DVDs por $250. Para un “emprendedor contemplativo”, nunca ha sido más fácil hacer dinero.

Por otro lado, esto debería ser una buena noticia. Después de todo, ¿dónde está el daño en tener gente que se detiene, se pone en contacto con sus sentimientos y se vuelve más amable? Como meditador esporádico, sé de primera mano que la atención plena puede aliviar el estrés, mejorar la concentración y promover el bienestar. Y durante esta cargante época electoral, ¿no nos vendría bien un poco más de paz, amor y comprensión?

Pero con tantas personas tratando de sacar provecho de la locura de la meditación, es difícil no preguntarse si se está perdiendo algo esencial. Si la atención plena se puede comprar tan fácilmente como un par de pantalones de yoga, ¿puede realmente ser una práctica transformadora que calma la mente perturbada? Es una pregunta tan resbaladiza como un koan Zen.

No hay duda de que a medida que la atención plena se ha generalizado, mucha gente ha utilizado la técnica para lograr paz mental, una mayor conciencia de sí mismo, tal vez incluso más compasión. Sin embargo, al mismo tiempo, una carrera de fondo parece estar en marcha.

Existen multitud de empresas con el apodo “mindful” (hay Carne Mindful, caremlos de menta Mindful, camisetas Mindful). Un amigo recientemente ha pintado la habitación de su hija con el color Gris Mindful. Más preocupante es la prisa por hacer que la atención plena encaje perfectamente en una vida que se mueve a la velocidad del ancho de banda.

Cada vez más, la atención plena se está empaquetando como un respiro de un minuto, un interludio entre la comprobación de Instagram y el próximo capítulo de House of Cards. Una empresa anuncia que ha encontrado la “dosis mínima efectiva” de meditación que cambiará tu vida. En Amazon, se puede encontrar “Atención plena en un minuto: 50 Formas sencillas para encontrar la paz, claridad y nuevas posibilidades en un mundo estresado.” Cursos dudosos prometen ayudar a la gente a dominar la atención plena en unas pocas semanas.

IBISWorld, una empresa de investigación, estima que los negocios relacionados con la meditación en los Estados Unidos el año pasado generaron $984 millones en ingresos. Con tantos bienes y servicios mindful a la venta, puede ser fácil olvidar que la atención plena es una cualidad de ser, no una mercancía.

Es decir, no se puede simplemente comprar la atención plena. En su contexto histórico, la atención plena es sólo un aspecto más de un viaje de por vida para ser más tolerante, menos crítico y más amable con uno mismo y los demás. Incluso en su encarnación moderna, la atención plena debe entenderse como una habilidad adquirida a través de horas de contemplación a veces incómoda.

Al considerar el destino de la atención plena en el mercado americano, es interesante examinar la evolución del yoga. Al igual que la atención plena, el yoga tiene sus raíces en las tradiciones espirituales de la India, y fue practicado durante décadas por los entusiastas antes de ser una corriente principal. Pero a medida que el yoga se hizo más popular, mutó hacia formas extrañas. Hoy en día existe el yoga desnudo, paddleboard yoga y el doga (es decir, el yoga realizado en compañía de tu perro). El yoga también se convirtió en un negocio de billones de dólares, generando empresas de ropa como Lululemon.

Kaitlin Quistgaard reportó el extraño ascenso del yoga como ex editora del Yoga Journal. Dijo que si bien los puristas a veces se lamentaron por su comercialización, sus lamentos fueron en vano. Suelto en el mercado estadounidense, el yoga adquirió vida propia. Ahora, dice Kaitlin, lo mismo está sucediendo con la atención plena.

“Nadie puede decidir quién puede vender la atención plena, o utilizar la atención plena para vender un producto”, afirma Quistgaard.

Esto no significa que la atención plena no sea beneficiosa. El yoga puede haber cambiado con los años, pero un montón de maestros y ashrams auténticos todavía pueden ser encontrados. La misma dinámica puede estar sucediendo con el mindfulness. Variaciones extrañas surgirán y proliferarán, mientras que las enseñanzas tradicionales aguantarán y perdurarán.

Incluso acercamientos aparentemente superficiales pueden ser útiles, o al menos benignos. Joe Burton, director ejecutivo de Whil, que ofrece una aplicación de meditación popular, está convencido de que sólo porque la atención plena se está transmitiendo online a precios cada vez más altos, esto no lo convierte en algo ineficaz o no auténtico. “Nadie puede venir a hacer nuestro entrenamiento siendo un idiota, codicioso y egoísta, y esperar convertirse tras ello en un mejor idiota, codicioso y egoísta,” afirma.

Probablemente tiene razón. En los últimos años, he entrevistado a cientos de meditadores, y muchos empresarios detrás de la “corporación” Atención Plena. Algunos parecían más interesados formar parte del circuito social de la meditación que en hacer el trabajo duro de la auto-reflexión.

Más a menudo, sin embargo, las personas que se toman el tiempo para meditar (observando cuidadosamente los pensamientos, las emociones y las sensaciones) son sinceros en sus aspiraciones a estar menos estresados, ser más tolerantes y por lo menos un poco más felices.

Y aún así, el materialismo espiritual abunda. En un reciente viaje a Whole Foods me encontré con un nuevo producto del fabricante de alimentos saludables Earth Balance: un sustituto de mayonesa sin leche llamado Mindful Mayo ($4.50 por frasco). Luego, esperando en la cola, compré un ejemplar de la revista Mindful Magazine ($6).

Pagué y me dirigí hacia la salida. No hay nada malo en comprar productos con la etiqueta mindful. Vivimos en una cultura consumista, y yo prefiero gastar mi dinero en guías de alimentos saludables y de autoayuda que trapos, comida basura y chismes.

Pero cuando llegué a casa, me decidí a hacer algo más que simplemente que apoyar el mindfulness a golpe de billetera. Encontré un momento tranquilo, guardé mi iPhone, y cerré los ojos para meditar. No es suficiente con comprar la atención plena. Tienes que practicar también.

Artículo original de David Gelles, del New York Times: http://www.nytimes.com/2016/03/20/opinion/sunday/the-hidden-price-of-mindfulness-inc.html?smid=fb-share&_r=0
Imagen de portada: Robert Frank Hunter
Traducción de Mindfulness Exercises

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